EL AMOR NO DEBE NACER EN LA ARENA DE LOS SENTIMIENTOS QUE VAN Y VIENEN, SINO EN LA ROCA DEL AMOR VERDADERO, EL AMOR QUE VIENE DE DIOS

(Papa Francisco)

jueves, 19 de enero de 2017

HOY... APRENDEMOS

Dificultades y beneficios de la oración conyugal


Dificultades
Aún dentro de los mismos hogares cristianos, se encuentran individualistas impenitentes. Un marido escribe: «Jamás he sentido necesidad de unirme con mi mujer para rezar al Señor, ni en seguida de nuestro casamiento, ni estando preso, ni a la vuelta, ni ahora.» Raras son las oposiciones tan deliberadas. Muchos rehúsan esta oración, sencillamente porque la desconocen. Es cierto, con todo, que algunos temperamentos sienten mayores dificultades que otros para manifestar su vida interior
Otros invocan la divergencia de espiritualidad. Un matrimonio estuvo a punto ---precisamente por esto - de abandonar su oración conyugal: «Mi marido, escribe la mujer, se educó con los jesuitas; yo con los dominicos. Y pensábamos que, por esto, no podríamos llegar a una verdadera unidad espiritual ¿Sabéis lo que les ha pasado? ¡Llegaron los hijos! Y estos les han llevado de la mano a redescubrir a Dios, y ya no a un dios dominicano o jesuítico, sino sencillamente a Dios.
Espiritualidades diferentes que se ponen de acuerdo pueden lograr una armonía más rica que una absoluta identidad de puntos de vista religiosos.
Beneficios
Los que tienen suficiente fe y entusiasmo para triunfar de las dificultades no tardarán en experimentar los beneficios de la oración conyugal
Sería engañoso, digámoslo, justificar la oración conyugal ante todo por sus efectos provechosos: cuando los cristianos rezan tiene que ser, lo primero, para honrar, al Señor.  ¿No ha dicho Cristo que, si se busca primero el Reino de Dios, todo lo demás se dará por añadidura?
Escribe un matrimonio belga: «Nosotros rezábamos por alabar al Señor y el Señor nos ha hecho, de golpe, un magnífico regalo: al formular en alta voz nuestra oración más íntima, nos hemos comunicado, el uno a la otra, el fondo mismo de nuestra alma y la más secreta impulsión de nuestra vida interior. Basta haber practicado, aunque sea por poco tiempo, la plegaria conyugal, para poder decir que, gracias a ella, a menudo tras muchos años de matrimonio, se descubre el alma del otro cónyuge, y los movimientos y las aspiraciones de su vida interior. Se aprecia todo el valor de este
descubrimiento cuando se admite que el conocimiento profundo de una persona es la, primera condición de la estima y del amor verdadero.»
Otro beneficio, pariente próximo de los anteriores: la oración conyugal se presenta como uno de los grandes factores de la unidad espiritual e incluso de la unidad, a secas, entre los esposos. Un joven matrimonio escribe: «La oración conyugal ha forjado nuestra alma común.» Muchos hogares veteranos podrían decir lo mismo; y estoy convencido, por mi parte, de que determinada calidad de unión, de intimidad entre los esposos, no 1a conseguirán jamás los que omiten esta práctica.
Añadid que la plegaria conyugal es el gran estimulante de la vida cristiana personal.
Quiero referirme a la fecundidad espiritual del hogar. Se dan esposos maravillosamente radiantes: su vida encanta a los que les rodean. A veces tienen la alegría de escuchar a un incrédulo que les confía su deseo de conocer mejor a ese Cristo, descubierto en su casa. A no dudarlo, la plegaria conyugal tiene mucho que ver con esta fecundidad apostólica.
¿Cuál es, pues, el secreto de todas éstas ventajas de la oración conyugal? No dudo al responder: el sacramento del matrimonio, del que ella es el «tiempo fuerte».
Cuatro frases que son de otros tantos matrimonios diferentes: «En la oración conyugal es como si nos casáramos de nuevo.» «Es una prolongación de nuestro sacramento del matrimonio.» «Una de sus razones de ser es que mantiene en nosotros la gracia del matrimonio.» Y, en fin: «Es como si, todas las tardes, nos volviéramos a decir el «Sí» sacramental.» Aquí late excelente teología.
Pare terminar esta primera parte del capítulo sobre la oración conyugal, permitidme una palabra para las viudas. Vosotras, cuyo compañero de camino ha sido ya llamado por el Señor ¿os entristecéis cuando evoco esta unión de los esposos en la oración? ¡No! Porque yo sé que, también para vosotras, la oración conyugal es una gran realidad: no estáis solas cuando rezáis; otro, que ve a Dios y canta su gloria, os ayuda y presenta al Señor vuestras penas, vuestros trabajos, vuestra vida entera. Una de vosotras me lo escribió un día: «Ahora el oficio de mi marido es la adoración y la alabanza; por eso la mitad de mi alma es un «Sanctus» perpetuo, una incesante contemplación.» 

 Extracto del libro El Matrimonio ese gran Sacramento, de Henri Caffarel

No hay comentarios:

Publicar un comentario