EL AMOR NO DEBE NACER EN LA ARENA DE LOS SENTIMIENTOS QUE VAN Y VIENEN, SINO EN LA ROCA DEL AMOR VERDADERO, EL AMOR QUE VIENE DE DIOS

(Papa Francisco)

lunes, 30 de septiembre de 2013

HOY MEDITAMOS...

LAS TRES PIPAS


En cierta ocasión un miembro de una tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente.

Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.

El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo, pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.

Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.

Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos.

Como siempre, fue escuchado con bondad, pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre medio molesto pero ya mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su problema.

Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperare un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho". Entonces el jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que quería pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo".

En nuestra vida también nos podemos encontrar en situaciones difíciles donde necesitamos el consejo de una persona sabia que sepa dirigirnos antes de tomar una decisión precipitada. Ese consejo podremos descubrirlo en nuestros padres o en verdaderas amistades, no obstante, ningún mejor consejero que Dios mismo: El Espíritu Santo, quien está dispuesto a aconsejarnos para llevar a cabo nuestra santificación.

Es de lamentar que no acudamos a Él con la frecuencia debida. Parece que se repite la escena cuando San Pablo preguntó si habían recibido al Espíritu Santo a un grupo que habían abrazado la fe cristiana y le respondieron: “Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo” (Hechos 19,2).


Cristo llama al Espíritu Santo como “Paráclito”. Esta palabra tiene su origen griego y significa “llamado junto a uno” (con el fin de acompañar, consolar, aconsejar, defender...). Por ello también se le denomina como el Consolador o Abogado, pues nos defiende e intercede por nosotros. Es un consejero que nos habla en la intimidad al que hay que prestar atención y seguir siempre sus indicaciones.

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