EL AMOR NO DEBE NACER EN LA ARENA DE LOS SENTIMIENTOS QUE VAN Y VIENEN, SINO EN LA ROCA DEL AMOR VERDADERO, EL AMOR QUE VIENE DE DIOS

(Papa Francisco)

domingo, 16 de julio de 2017

HOY... EL EVANGELIO (Mt 13, 1-23)

LA PALABRA


Vivimos en un mundo en el que hay muchas palabras. Los medios de comunicación han hecho que abunden y sobreabunden. Canciones, radios, televisiones, periódicos, revistas, voces, redes sociales... Tanto que a veces de tantas palabras como nos rodean no somos capaces de entender nada de lo que se dice. La palabra ha dejado de comunicar y se convierte en ruido. Sin embargo, en la Iglesia seguimos diciendo que la Palabra de Dios ocupa el lugar más central y privilegiado que puede existir en nuestra comunidad creyente. Pero, ¿qué es eso de la Palabra de Dios?

De entrada, Palabra de Dios son las lecturas que se leen cada día en la misa. Están tomadas de una colección de libros que llamamos la Biblia. Hasta ahí todos lo sabemos. Pero, y también lo sabemos, los libros que forman la Biblia no son libros normales. Para nosotros, los creyentes, esos libros están inspirados por el Espíritu Santo. Recogen la historia de Dios con la humanidad, las continuas ofertas de salvación hechas a una humanidad que parece siempre metida en su laberinto de violencia, dolor, desamor y muerte. Son fruto –y esto es lo más importante– del amor que Dios nos tiene. Son un testimonio vivo de ese amor. Leer esos libros es encontrarnos con una palabra que es portadora del amor de Dios. Por eso, los leemos con veneración. Su palabra no es una palabra normal, no es ruido, no está vacía de significado. Por eso, la escribimos con mayúscula. Es la Palabra. Cuando realmente la acogemos en nuestro corazón, nos abre el entendimiento y los sentidos y nos lleva a tomar conciencia de la voluntad de Dios: que todos los hombres y mujeres se salven, que todos encuentren la vida y la vivan en plenitud. 

Hoy la primera lectura nos habla así de la Palabra de Dios. Como la lluvia hace fecunda la tierra y la llena de vida, así la Palabra de Dios hará que se cumpla la voluntad de Dios y nos llenará de vida. Pero, como dice el Evangelio, el efecto de la Palabra en cada uno de nosotros depende también de nuestra capacidad de acogida. Ante unos oídos cerrados, no hay palabra que valga. Ante unos oídos acogedores, la Palabra es capaz de transformar el corazón de la persona y hacer que produzca frutos para la vida de la persona y de la humanidad. 

Domingo tras domingo escuchamos la Palabra de Dios. En nuestra manos está abrir nuestros oídos y nuestro corazón para que esa Palabra pueda hacer realidad la voluntad de Dios. Acogerla, aceptar sus exigencias –que nos llevan a vivir una vida más plena– es una actitud básica de nuestra vida cristiana. Sin ese alimento de la Palabra, nuestra vida terminará siendo tan infecunda como las rocas, las zarzas o el camino. 
Julio César Rioja, cmf

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